De la alegría a la desolación de una asignación fallida

Así fue mi día de ayer. Así que, aunque tenía pendiente hablaros de otras cosas, mi estado de ánimo de hoy hace que todo lo demás se paralice y me funda con el dolor de una de mis mejores amigas en este camino de la adopción.

El día empezó con grandes noticias: Montse a las puertas del viaje de su vida, y mi gran amiga Lola llamándome por teléfono para decirme que la han dado asignación de un niño de 1 añito en nacional. Todo alegría.

Sin embargo todo se truncó apenas 5 minutos después. Estábamos pendientes de la reunión prejudicial en Javarosk de mi amiga Lucía y su marido Jose. Todos ansiosos por saber qué día Andrei se convertiría en su hijo.

Lo que ninguno esperábamos era la noticia que nos llegó y nos sumió en la más completa de las desolaciones: la familia biológica de Andrei reclamaba su custodia y el juez se la daba. En otras palabras: Andrei ya no sería el hijo de Lucía y Jose.

Gracias a Dios, nosotros no tuvimos que pasar por una asignación fallida. Y menos así, cuando ya lo tienes en tus manos, cuando ese niño ya es tu hijo en tu corazón, cuando cada rincón de tu alma y de tu casa llevan su nombre y las cosas preparadas para él ya no tienen sentido. Y es que, aunque lo llamemos asignación fallida, esto no es, ni más ni menos, que perder a un hijo. Sí, llegará otro, pero, vosotros lo sabéis, nunca podrá ocupar el espacio que dejó el primero.

Mañana será el día de levantarse y seguir adelante. Pero hoy es un día de tristeza. ¡¡No quiero ni pensar en lo que sentirán mis chicos (que no han querido hablar con nadie, los pobres) cada vez que pasen ante la habitación vacía de Andrei, ante las cosas que se compraron para él...

Y, como tantas veces en este camino arduo que es la adopción, te das cuenta que estás solo, que no le importas a nadie. Sólo eres un nombre en un expediente. Si el nombre del niño que se une al tuyo tiene que cambiar, ¿cuál es el problema? Te asignarán otro rápido, no te preocupes.
Como si fueran zapatos, libros o cualquier otra "cosa". Como si no hubieras creado un lazo que se rompe bruscamente. Y nadie te ayuda. ¿Dónde está el apoyo psicológico a las familias adoptivas en este punto? ¿Por qué, si no hay niño aún en tu casa, no tienes derecho a que un psicólogo te ayude a sobrellevar esta pérdida que, además, poca gente entiende?.

Sólo puedo decirles a Lucía y Jose desde estas líneas que no tienen más remedio que ser fuertes por ese niño o niña que está por llegar, el que verdaderamente está destinado a ser su hijo/a para siempre. Que el miedo se hará más intenso cuando le conozcan porque ellos han vivido en su carne la peor pesadilla de cualquier adoptante, porque ellos saben que eso que es tan "improbable" ocurre realmente, que les ha ocurrido a ellos.

Sólo puedo deciros, amigos, que aunque no sea un consuelo, tenéis nuestro hombro en el que llorar y nuestro oído para escucharos. Y que la tristeza, aunque parezca imposible, siempre, siempre pasa. Es la naturaleza humana.

Un año como mamá y muchos cambios

El viernes pasado fue el gran día: se cumplió el primer año desde que llegamos con nuestro hijo a casa.

La sensación ha sido rara. Aunque siempre tuve claro que no quería crear un "Día de la Llegada" como el que comentan algunos americanos en sus libros sobre adopción (de esos con fiesta familiar, globos y tarta), sí creía que sería un día especial dentro de mi corazón.

Sin embargo, salvo por una pequeña punzada de nostalgia al dejar a Sergio en la guardería (quizás porque, curiosamente, él había elegido como juguete para compartir el balón de fútbol que le dio su primo al llegar al aeropuerto), fue un día más. Con sus rutinas, sus momentos de enfado-castigo y esos otros en los que te sientes tan orgullosa al verlo tan mayor, tan responsable, tan guapo y tan listo. Pero todos los días son así. No hay diferencia con los demás. Un año es mucho pero también es nada.

Yo me siento ya como si nunca hubiese existido un tiempo en el que Sergio no estaba con nosotros. Incluso me cuesta recordarme que él no nació aquí. Recuerdo que algunas madres adoptivas me hablaban de esa forma de sentir y me parecía que me engañaban. Y, como empieza a ser habitual en mí, me equivoqué.

De cualquier forma también es cierto que ahora mi vida está en un momento de cambio tal que apenas si tengo tiempo para sentir.

¿Recordáis que alguna vez os hablé del trabajo y mi deseo de conciliarlo con mi hijo? Al final parece que nadie me daba esa oportunidad. Así que he empezado un proyecto mío, propio, algo que he soñado muchas veces pero que no me he atrevido a materializar hasta ahora: he montado una agencia de viajes online, especializada en viajes diferentes para familias con niños pero abierta también a las gestiones habituales de una agencia de este tipo: vuelos, hoteles, reservas de coches, etc.


Desde aquí me atrevo a pediros, aunque con bastante vergüenza, que si os interesa algún viaje o podéis difundir la existencia de la agencia entre vuestros amigos os estaría muy agradecida.

Por otra parte, al cumplirse un año de la llegada de Sergio a casa he reactivado mi expediente de adopción nacional en la Comunidad de Madrid, pero eso es algo tan importante que necesitará otro post largo y tendido. Y os prometo que lo tendrá.

Primeros auxilios para los primeros días con tu hij@ (Parte 1)


Parece que llevamos toda la vida juntos y sin embargo, el viernes apenas se cumplió un año del juicio que nos convirtió en padres. Ese momento tan deseado y a la vez tan temido que, cuando pasa, te deja respirar hondo. Porque, aunque no te has dado verdadera cuenta hasta entonces, desde el día que conociste a tu hijo/a (o incluso antes) has estado conteniendo la respiración y rezando para que todo salga bien.

Recuerdo que, los días que pasamos en Novosibirsk hasta que la sentencia fue firme y nos dejaron sacar a Sergio de la casa cuna, lo que más hicimos fue dormir. Estábamos agotados y el cuerpo, que no deja de ser sabio, nos preparaba para la segunda parte de la maratón: la adaptación.

Probablemente el instante en el que, por fin, te quedas solo con tu hijo en el apartamento o en el hotel, sea el más feliz de tu vida. Se acabaron los papeles, la administración rusa y la española, el intentar caer bien a todo el mundo para que te faciliten un poco el camino, el estar bajo la atenta mirada de las cuidadoras que se comportan como si no hubieras visto un niño en tu vida...

Pero también es un momento de estrés. Tienes que decidir qué darle de comer, cómo entretenerle, cómo enfrentar la primera rabieta o cómo conseguir que se duerma. Yo, si ir más lejos, acabé una provisión completa de Ibuprofeno de los dolores de cabeza que me provocaba la tensión de esos momento.

Es por eso que, desde mi siempre modesta opinión, porque no soy profesional de esto, os dejo, a las que tenéis por delante ir a recoger a vuestro hijos, algunos trucos que a mi me sirvieron para afrontar mejor los primeros días.

- Comida. Mi consejo es que no os compliquéis la vida y tiréis de potito. Eso sí, potito ruso. Si os acercáis a cualquier supermercado veréis que los rusos hacen unas combinaciones de alimentos en el mismo potito que a los españoles nunca se nos ocurrirían. Casi todos llevan coliflor. Y a los pekes les encantan.
Si optáis por cocinar: nada de sal y nada de aceite (introducir el aceite en las comidas a mi me llevó meses enteros con Sergio). Cocinad las cosas hervidas incluso cuando a vosotros os parezcan incomibles. Comidas que funcionan para los niños españoles ellos las odian (Por ejemplo, el tomate de los macarrones tan socorrido en nuestro país). Las sopas, hasta las de sobre, les gustan a rabiar. Y también los yogures.
El agua hay que enmascararla con algún sabor o, si no, tirar directamente de zumos. Son capaces de morirse de sed sólo por no tomar agua. Como no la han tomado nunca sola, la odian especialmente.
Ojo con las listas de alimentos que os den en las casas cuna. En la lista de Sergio había cosas que no le gustaron jamás y que, según la directora, comía habitualmente.
Con respecto a la leche, mi experiencia es que pueden pasar directamente a la leche sin mezclar con té. No os compliquéis la vida con eso.


- Dormir. Lo peor en nuestro caso. En Rusia no hubo forma de conseguir que durmiera en la cuna y, la primera noche en España, le dejamos en la cuna de su habitación y se quedó dormido sin decir ni mu.
No os comáis el tarro con poner las normas desde el principio. Por mi experiencia y la de amigas mías, el tiempo en Rusia no cuenta para nada. Ellos saben que, cuando llegas a casa es cuando se imponen las normas que van a funcionar de ahora en adelante.
Nosotros optamos por dormirlo en nuestra cama. Y aún así, mi marido o yo, teníamos que abrazarlo muy fuerte mientras el peke intentaba, con patada, manotazos y hasta mordiscos, liberarse. Al final, cuando estaba agotado se dormía.
Creo que hubiera sido más fácil de soportar todo ese estrés cada siesta y cada noche si hubiéramos sabido que era temporal y que, una vez en casa, no iba a repetirse jamás. Por eso os lo cuento.


(Continuará...)

Hermanos de sangre

En otra ocasión hablé de las madres biológicas (aunque sé que a lo largo de la vida de este blog, que espero sea muy largo, lo volveré a hacer). Padres y madres biológicas son nuestros compañeros inseparables en esta aventura de crear una familia adoptiva y son parte indisoluble de ella.

Sabemos que va a ser así desde el primer instante, desde el momento en que asistimos a los cursos de formación de nuestras Comunidades Autónomas y luego se encargan de recordárnoslo en cada paso (con el psicólogo, el asistente social, etc.)


Los libros y manuales online a los que tanto nos apegamos durante la espera nos indican cien veces cómo integrar en nuestra vida y desvelar a nuestros hijos la existencia de sus padres biológicos.
Pero apenas nadie se para a pensar que, muchas veces, hay más miembros en esa familia primigenia: abuelos, tíos y, ante todo, hermanos. Y digo "ante todo" porque esos hermanos, como nuestros hijos, no han elegido la separación sino que son presos de las circunstancias.

Por mis contactos con el mundo de la adopción he visto todo tipo de casos en lo que a hermanos biológicos se refiere.

A veces la separación la decide el Estado de origen (cuando varios hermanos, todos abandonados, son dados en adopción a familias distintas o cuando, por motivos administrativos o de otra índole, uno se asigna a una familia y los otros quedan en las instituciones a la espera de encontrar a sus nuevas casas).

Pero, en otras ocasiones, son los padres biólógicos o tutores legales los que deciden "quedarse" con algunos de los hijos y dar en adopción a otros. La mayoría de las veces son los mayores los que permanecen con su familia de origen (y entonces tendemos a explicar a nuestros pequeños que ellos "no tenían medios para manteneros a todos").

Pero, existen casos en los que son los primogénitos quienes son dados en adopción. Entonces, ¿cómo le explicas a tu hij@ por qué él o ella no fueron los elegidos? ¿Cómo le haces entender que él o ella no tenían nada malo, que no hicieron nada horrible, que no determinaron de ninguna forma el ser abandonados?

En todos esos casos, hecho de menos la asistencia de esos profesionales que nos acompañan y, en teoría, "nos asisten" después de la llegada del niño. Yo, sin ir más lejos, hice alguna pregunta a la psicóloga que nos hace los seguimientos sobre cómo afrontar determinados temas de su familia biológica con mi hijo y ella se encogió de hombros.

Con respecto al tema de hablar de los hermanos biológicos sólo os puedo ofrecer lo poco que he encontrado que es este texto de la directora de la Fundación Adoptare (no me parece muy clarificador, pero algo es algo).

De cualquier forma, si encuentro algo más, os mantendré informadas.


La odisea de elegir colegio


Me miro en el espejo y veo unas ojeras parecidas a las que tenía en pleno proceso de adopción. Y la culpa la tienen los colegios. O, más precisamente, decidir en qué colegio voy a solicitar plaza para mi hijo con el objetivo de que no pierdo mucho nivel educativo y no me lo linchen a la salida de clase.

Vivo en un barrio de nueva construcción (el Ensanche de Vallecas en Madrid) que comparte zona de adscripción educativa con otros dos barrios: Villa de Vallecas y Santa Eugenia. En total: millares de niños y no tantas plazas educativas de calidad como serían necesarias.

A ello se añade que, de momento (hasta el mes de noviembre), la "moi" sigue cobrando Paro y mi marido tiene un trabajo (gracias a Dios, en estos tiempos) con un estupendo salario de 1.500 euros al mes. En definitiva: que no somos indigentes sino que pertenecemos a esa clase social tan extendida de momento en España como es la clase media-baja.

Es decir, ni tenemos dinero de sobra para pagar 310 euros al mes por la escolarización de mi hijo, ni tenemos más puntos en el baremo de adjudicación de plazas de colegio que el que da la zona de cercanía.

Hace meses que empezamos la dura ruta de visitar los colegios. Eso que ya la mayoría de los de mi zona ni hacen jornadas de puertas abiertas ni conceden entrevistas con los coordinadores por que... para qué, si tienen las plazas más que cubiertas.

El resultado de mis pesquisas ha sido este:

- He descartado los públicos de buen nivel pues están copados por la población gitana o inmigrante, pues ellos suelen tener puntos adicionales por familia numerosa o renta de integración.
- He descartado aquellos en los que la propia Administración me ha asegurado que era imposible entrar si tu hijo no ha estado en su guardería, como es el caso del Gredos Las Suertes (mi hijo no pudo acceder a esas guardería porque llegó en junio y la solicitud de plazas se hace en abril).
- He descartado los güetos. En mi barrio hay bastantes y siempre los ha habido.

Finalmente la decisión ha quedado entre dos: un colegio de cooperativa en Santa Eugenia (el Zazuar) que es uno de los mejores de la zona y en donde tendría un punto adicional por la guardería a la que va mi hijo pero en el que no me garantizan que, ni con 5 puntos, el niño no se vaya a quedar fuera. Y un colegio religioso al lado de mi casa (el Torrevilano) que es el más caro de la zona con diferencia (175 euros al mes y 140 el comedor) y donde tendría más posibilidades, pero... ¿y si cuando me quede sin Paro no puedo pagarlo?.


El problema es que, aunque las solicitudes de Educación incluyen varias opciones, la realidad en mi barrio es que si no te cogen en el colegio de primera opción te envían al que quedan plazas. Y aquí ese colegio "última opción" es uno de los güetos más problemáticos donde apalean a director, profesores, etc. Vamos, que me imagino que ninguno de nosotros lo querríamos para nuestro hijo.

Y esta es mi situación.

Aún estoy dando vueltas y más vueltas a la cabeza. Quizás acabe echándolo a los chinos, no sé. sólo sé que la situación de nuestros hijos no es la de cualquier niño. Necesitan un apoyo escolar mayor al de otros niños. Entonces ¿por qué no se les trata con un poco de deferencia? ¿Por qué no se les da un punto por integración o vete tú a saber qué a fin de que puedan salir adelante?

Amigos que llegan y que se van

“Con el niño no tengo tiempo para nada”. ¡Qué realidad tan grande esconde esa frase que, de tan manida, parece una excusa! Y si no hay tiempo apenas ni de darse una ducha como Dios manda, mucho menos de llevar una vida social medianamente activa.

No hay hueco para quedar con nadie y, si lo haces, es llevando al niño. Así que te pasas más tiempo vigilando que no se pierda, que no rompa nada (si estás en casa ajena) y que cumpla unas mínimas normas de urbanidad, que en la conversación.

Y… ¿qué decir de llamar por teléfono? Eso sólo es posible cuando el niño se ha acostado y, en ese momento, estás tan rendido que caes directamente en el sillón o en la cama para dormirte. Una actividad esa de dormir que, por supuesto, no incluye el uso de un auricular de teléfono para comunicarte con nadie.

El resultado es que los amigos se van perdiendo. Se alejan. Algunos, porque ya no comparten tu misma realidad: a ellos no les motiva, en absoluto, hablar de los cómo tu pequeño ha empezado a hacer pis en el wáter o de sus problemas para compartir, y para ti estos se convierten en los únicos temas de conversación. Otros, porque la falta de tiempo hace que apenas ni habléis (ellos se cansan de llamarte mil veces y esperar en vano a que tú devuelvas las llamadas).

Esto, que me imagino que ocurre igual cuando se tiene un hijo biológico, se acentúa, en mi caso, porque soy una persona extremadamente social. Tengo muchos amigos y conocidos en diferentes ámbitos de mi vida: cada uno de los trabajos por los que he pasado, el colegio, la universidad, mi foro de adopción, etc. Siempre me ha gustado estar rodeada de gente, conocer sus inquietudes, compartir sus aficiones… Así que, durante el tiempo que estuve esperando la llegada de mi hijo, llené mi tiempo de lo que más me ha gustado siempre: las personas. Y ahora me es imposible seguir el ritmo social que yo misma me impuse y sé que, a la mayoría de esos conocidos, los perderé.

Pero también quiero creer que otros quedarán. Los amigos. Aquellas personas que sepan entender que esto es sólo un tránsito, un momento de agobio en el que debo darme 100% a mi hijo pero que pasará cuando él ya no me necesite tanto. Por adelantado, quiero darles las gracias a ellos, por estar ahí, por armarse de paciencia y entender que, aunque no los llame o no los vea, siempre están en mi corazón.

Conciliación familiar y laboral: ¿De verdad existe?


Desde hace ya una semanas me quita el sueño saber que empieza a ser urgente encontrar un trabajo.

Para los que no lo sepáis, unos meses antes de ir a conocer a mi hijo, la empresa me despidió. Lo que para otros es una tragedia para mí fue una bendición. Llevaban meses haciéndome "mobbing" y amenazaban con no dejarme coger los días de vacaciones para viajar a conocer a mi hij@ (en ese momento aún no sabíamos qué sexo tendría).

Además, mis dos años de Paro me están permitiendo pasar los primeros meses de mi hijo en España, en casa con él. Disfrutar de cada hora del día a su lado, ayudarle a vincularse a nosotros, a acomodarse a su nueva realidad... Tanto es el placer que me proporciona esta cercanía que, sólo pensar que estamos ya en una cuenta atrás, me encoje el corazón.

Y es que no vamos a mentirnos. No he decidido quedarme en casa porque piense que él necesita estar tanto tiempo conmigo (aunque también le venga bien) sino por egoísmo. Porque he descubierto que, en contra de lo que intentan hacernos creer, la felicidad existe y no quiero perderla. Soy feliz (aunque me da miedo reconocerlo por si atrae al mal agüero) cada segundo que paso a su lado, incluso cuando yo estoy en otra habitación cocinando o recogiendo y él está en su cuarto jugando. Hasta cuando se hace "cansina" su obsesión por estar pegado a mí y tengo que regañarle para que se vaya a jugar un rato y no me persiga por la casa. Cuando veo su sonrisa. Cada mirada compartida. Cada abrazo espontáneo.

Pero la situación económica de la familia no permite que yo esté sin trabajar. Además, nunca soñé con ser ama de casa, aunque ahora estoy feliz llevando las riendas de mi hogar. Así que ya me veis aquí, desempolvando currículum y desesperándome ante las ofertas de empleo. Al menos dentro de mi profesión (soy periodista y community manager), todo son trabajos de jornada completa (hasta las 18:30 ó 19h), con montones de "potenciales" horas extra no pagadas y, en muchos casos, muy alejados de la zona donde vivo. Y... ¡qué decir de los sueldos!

Todo ello me supondría tener que dejar a Sergio a las 8 de la mañana en la guardería y recogerlo a las 19 horas. Ya sé que esa es la realidad de millones de madres en este país. Pero todo mi yo se rebela a tener que someterme a esta situación ¿Por qué tiene que ser así? Si hemos luchado como leonas por conseguir tener con nosotros a nuestros hijos, ¿va a ser el mercado laboral el que nos impida disfrutar de ellos? ¿No deberíamos poder elegir? ¿Por qué ser madre en este país está penalizado?

Se habla de conciliación laboral y familiar pero ¿existe realmente? Yo, al menos, no la encuentro.
Mientras tanto, busco una salida que pueda ayudarme. Desde intentar entrar a trabajar de cajera en Mercadona para estar cerca de casa y tener horario continuado (pero allí no me quieren porque estoy licenciada), a devanarme los sesos buscando una forma de "reciclarme" como autónoma en algún negocio que me permita trabajar por Internet u organizarme mis horarios de forma que sean más compatibles con mi hijo. Todo vale. Pero aún así sigo sin encontrar la idea feliz que me permita ganarme la vida y al mismo tiempo disfrutar lo que más quiero en la vida: mi hijo.

Por eso os pido ayuda. Quizás alguna haya vivido una situación parecida y haya dado con esa solución que ahora a mí se me escapa.

La Navidad llegó y pasó

Quiero empezar este post pidiéndos perdón a tod@s por haber estado tanto tiempo desconectada del blog, pero al ajetreo propio de estas fechas se ha añadido algún que otro contratiempo de salud familiar (ya resuelto, gracias a Dios).

Como podréis imaginar, estas fiestas han sido muy especiales para nosotros. ¡¡Quiénes de los que estáis esperando no habéis imaginado una y otra vez cómo serán las primeras Navidades con vuestr@ hij@!! Pues os puedo asegurar que son mágicas aunque no más que el día a día, que la felicidad que trae cada minuto al lado de tu hijo, las risas compartidas, los juegos o sus pequeñas victorias (como aprender a ir al water o lavarse los dientes solo).

Bien es cierto que el haber tenido a mi madre una semana en el hospital ha hecho que muchas de las "salidas" previstas no hayan podido hacerse. Pero no ha sido necesario demasiado para ver la cara de sorpresa de Sergio.

La verdad es que ha habido momentos y actitudes de nuestro hijo que, como ya se ha hecho casi habitual, nos han sorprendido tanto... Sin ir más lejos, los Reyes Magos. Apenas hizo caso a los juguetes nuevos. Él estaba feliz porque estábamos allí toda la familia junta (en total, entre abuelos, tíos, primos, tíos-abuelos y demás, unas 20 personas) haciéndole caso y jugando con él.

Todavía me impresiona esa alegría inmensa que le produce el estar rodeado de su familia extensa. Cómo valora esa presencia, el calor de un abrazo o de un beso. Me impresiona esa necesidad de recibir pero aún más lo hace su capacidad de dar amor. Lo primero parece resultado de sus primeros años en la casa cuna, sin una familia propia, pero... ¿y lo segundo? ¿Quién le ha enseñado a amar así?

Aún no logro averiguar cómo ha conseguido enterarse más o menos de todo: Papá Noel, los Reyes Magos, la cabalgata, el árbol de Navidad... Yo lo veía desde fuera y me parecía un poco agobiante tanto dato y tanta costumbre navideña nueva para él. Cada luz en la calle, cada árbol adornado eran motivo para que gritara: "Navidad". Los villancicos, los mazapanes (que se han convertido en su dulce favorito), las uvas... todo nuevo.

Pero al final no debió de pasarlo muy mal porque mientras "guardábamos la Navidad", como él decía porque estábamos quitando los adornos de casa, lo único que pedía era "más Navidad" y nos miraba con su carita triste. Pobre, no logré hacerle entender que la Navidad vuelve cada año y que todas serán especiales, como especial es cada día que pasamos juntos.

La familia y uno más


Nuestros hijos son muy deseados. No sólo por nosotros sino también por nuestras familias. Yo creo que, por muy felices que estén las familias extensas (abuelos, tíos…) por el embarazo y nacimiento de un nuevo miembro, el proceso biológico no lo viven tan intensamente como ocurre con la adopción.

En esos años que pasas esperando, les cuentas noticias constantemente, les pides ayuda con los papeles (¡¡qué haríamos sin esos abuelos jubilados que tanto nos ayudan llevando documentación de un lado a otro!!), se irritan junto a ti cuando las cosas se tuercen y se alegran con cada nuevo paso adelante que se da. Porque tu mundo gira en torno al proceso de adopción y, al final, consigues que el de los demás también lo haga.

Y entonces llegan los expertos y te dicen que, cuando llegues con el niño a casa, limites las visitas de la familia extensa. Que les pidas que no se pasen por casa todos los días a verle, que no le llenen de regalos, que no le den de comer o se salten todos horarios establecidos, que no vayan corriendo a presumir de nieto con sus amigos. En fin, una batalla perdida. Sobre todo, con los abuelos.

Mi experiencia (como la de todas mis amigas) respecto a este tema es que los primeros días y meses la relación con la familia extensa es, probablemente, una de las cosas que más te agobian. Tú te pasas todo el tiempo intentando cumplir con los manuales para fomentar el apego, para establecer unas normas desde el principio, para hacerlo “perfecto” (que es lo que nos obsesiona a todos los primeros meses) y ellos llegan a desordenarlo todo. Da igual cuántas veces les hayas explicado lo que hay que hacer y por qué. Como os digo, es una batalla perdida de antemano.

Tú, en medio de ese ataque de estrés que te persigue los primeros meses, te agobias, lloras o chillas en función del momento en que te pille. Por si fueran pocas las veces que te preguntas si lo estás haciendo bien como madre, su actitud te hace dudarlo aún más. Se pasa realmente mal hasta que se adquiere la seguridad suficiente para saber que tú eres la madre y tus decisiones son las correctas (lo sean o no).

Yo ahora empleo una doble filosofía:

1.- Si los abuelos se empeñan en hacer algo que va radicalmente contra las normas que estoy intentando establecer (por ejemplo, dar de comer al niño cuando el niño come solo en casa), desaparezco del mapa. Si no lo ves, no estás obligada a regañar al niño por no comer solo. Para el peke es, simplemente, que no te estás enterando de lo que ocurre. Los niños son más listos de lo que creemos y aprenden rápido con quién pueden hacer ciertas cosas y con quién no.

2.- Cuando es necesario aplicar el sistema de normas que hemos establecido los padres estando la familia delante, lo hago. Al final te acabas convirtiendo en un ogro malo y ellos te cuestionan tus decisiones pero hay que tener muy, muy claro que las normas son las que tú impones y el que venga detrás que arree. Os garantizo que esa seguridad se adquiere con el tiempo. A mí me ha costado todos estos meses y a veces aún flaqueo en ocasiones, pero cada vez menos.

Desmitificando el primer encuentro (II)

Releo la primera parte de mi relato y me doy cuenta que, para nada estoy "desmitificando". En fin, me imagino que ahora es cuando viene lo que realmente os quería transmitir (sobre todo a Montse que tiene tan cerca su asignación en Rusia).

En mi entrada anterior nos quedamos en aquel coche, mientras recorríamos las calles de una ciudad desconocida. Mi marido y yo cogidos de la mano, detrás, intentando absorber cada instante y grabarlos a fuego en la memoria para siempre.

Llegamos a la casa cuna, cuyo aspecto me sorprendió gratamente. Una especie de guardería, sin lujos pero limpia y a la vez hogareña. Eso sí, nada más entrar nos recibió el característico olor a col hervida que, por lo que cuenta todo el mundo, es marca de la casa en las instituciones infantiles de Rusia.

Nos llevaron a ver a la directora-médico jefe de la casa cuna. Una señora estupenda y muy agradable que se sentó para leernos el informe médico de nuestro Serguei.


Nosotros, bolígrafo en mano, intentando apuntar todos los datos para luego pasarlos al doctor Lirio. Ella, dándonos un informe pormenorizado de la salud de Sergio desde que entró en la casa cuna (al nacer) hasta el momento. La mayor sorpresa fue que, a diferencia de lo que nos habían advertido que ocurriría, la cantidad de datos que nos dieron fue casi escalofriante: estaba reflejado cada constipado del niño. Eso sí, con esos términos tan particulares de los informes médicos rusos. Pero todo nos sonaba lejano. Las preguntas que tan bien nos habíamos preparado se quedaron sin hacer. Sólo queríamos que llegara el momento de ver a Sergio porque sabíamos que esa sería la prueba de fuego.

Finalmente, la traductora nos condujo a una sala enorme y nos dijo que esperáramos porque iba a buscar al niño. Mientras tanto, nosotros preparamos nuestra parafernalia: cámara de fotos, de vídeo, mochila de juguetes...


Esos instantes se hicieron eternos y, de pronto, la puerta se abrió y entró la traductora con un bebé en los brazos. Porque Sergio, a pesar de sus 16 meses, sólo era un bebé y como tal se comportaba. Ella se aproximó a mí y, sin mediar un acercamiento, me soltó al niño en brazos.


Ese instante tan soñado, resultó brusco y extraño para los dos: para mí y para el pequeño. Yo trataba de hablarle suave y recordar las pocas palabras en ruso que sabía. Pero todo se había borrado de mi mente.


El primer contacto no fue, para nada, algo idílico. Sergio estaba muerto de pánico, respiraba con dificultad y su corazón latía a mil por hora. Pero no lloraba. ¡¡Aquello me impacto tanto!! Estaba aterrado pero no lloraba. Y yo no sabía qué hacer.


Movía en mis brazos al que iba a ser mi hijo y ¿qué sentía? ¡¡Tanto pavor como él!! Era un niño desconocido, asustado, con los ojos hinchados por la congestión y algo zumbado (Nos dijeron que era consecuencia del jarabe para la tos pero luego algunas amigas nos comentaron que a los niños suelen darles algún tranquilizante para ese primer encuentro).


Además no había tiempo que perder. Era jueves y, si queríamos tener un diagnóstico médico antes del fin de semana, había que empezar a hacer fotos y vídeos para la consulta pre-adoptiva ya. Yo le miraba y pensaba aterrada: Dios mío, este niño tiene los ojos muy separados (uno de los rasgos típicos de
Síndrome Alcohólico Fetal).

De pronto, me convertí en algo que, visto ahora retrospectivamente, me avergüenza. Era algo así como el que le mira los dientes a un caballo antes de comprarlo. Las primeras fotos de mi hijo son las que Lirio nos recomendó hacer para la valoración. Y aunque sé que había que hacerlas, aún no me he reconciliado conmigo misma por ello.


Ese niño con el que tanto había soñado estaba allí. Y no sentía lo que creía que debía sentir por él. No "le quería". No sentía nada. Sólo pánico a que tuviera una enfermedad grave ¡¡Pero qué estúpidas somos!! No sé por qué al final acabamos pensando que vamos a sentir por ellos algo diferente que por cualquier otro niño desconocido. Y no es así. Somos sólo dos desconocidos cuyos destinos se han cruzado por obra de un funcionario ruso. No somos nadie el uno para el otro hasta que pasa el tiempo y nos domesticamos, como El Principito hizo con el zorro.


Tuvieron que pasar casi dos día y otra visita más para que mi corazón fuera capaz de situarse en su sitio. Recuerdo con muchísimo miedo esas horas, después de la segunda visita, mientras esperábamos el "veredicto" del médico porque sólo entonces me di cuenta que, a pesar de haber actuado así el primer día, a pesar de haberlo meditado mucho en España, a pesar de que aún no le quería, no sabía si sería capaz de renunciar a esa asignación si Lirio me decía que veía algo grave.


Gracias a Dios no fue así. El cielo quiso que Sergio estuviera sano y no tuviera que enfrentarme a esa disyuntiva. Que esos ojos separados sean ahora el rasgo que más amo de mi hijo porque ahora me miran con amor. Más amor del que creo que merezco.


Sólo espero que esto os sirva para no sentiros mal cuando estéis haciendo esas fotos o vídeos, cuando no sintáis ese amor maternal instantáneo cuando veáis a vuestr@ hij@ por primera vez. El encuentro es maravilloso porque nos conocemos pero no deja de ser algo frío, artificial y difícil, tanto para los pekes como para los padres.




Desmitificando el primer encuentro (I)


El próximo 25 de noviembre, se cumple el primer aniversario del momento en el que puse cara a mi hijo, en que pude estrecharlo por primera vez entre mis brazos después de tantos años de esperas, papeles, luchas y sueños. Para mí es, junto con el veredicto del juicio, el momento más maravilloso que he vivido jamás. Y, sin embargo, no se pareció en nada a lo que tantas veces sueñas que ocurrirá. Por eso quiero compartirlo con vosotros, con los que aún no habéis viajado y con los que habéis ido a asignación y habéis experimentado alguno de estos sentimientos (lo que, probablemente, os haya hecho sentiros los peores padres del mundo).
Nosotros llegamos bien temprano al Ministerio de Educación de Novosibirsk, que es quien gestiona la base de niños adoptables.
Durante los 15 meses de espera desde que nos asignaron la región, nunca había podido entrar a ver las fotos de los niños adoptables, hasta sólo un par de semanas antes. Una amiga mía la miraba prácticamente todos los días y eso la servía de apoyo. Yo nunca quise hacerlo hasta que, dos semanas antes de viajar nosotros, les dieron asignación a unos amigos y entré a buscar la foto de su hijo. Quizás fuera coincidencia, quizás el destino (cada uno que crea lo que mejor le parezca). El caso es que, sólo dos fotos me llamaron la atención. Las de dos niños. Uno, porque era auténticamente precioso. Otro, porque tenía los ojos más lindos pero más tristes que he visto jamás.
En fin. Aquel 25 de noviembre, entramos en el despacho de la Señora Olga, y nos sentamos ante la mirada de esa mujer, que parecía tan seria y adusta. El corazón, brincando en el pecho. Aguantamos estoicamente la parrafada oficial de entrada ("Están Ustedes en el Ministerio... bla,bla,bla) y el interrogatorio pertinente sobre nuestras profesiones, trabajos, familia, casa...
Finalmente, la funcionaria nos dio su parabién, relajó el gesto y, mucho más simpática, dijo que iba a hablarnos del menor. Abrió la ficha del niño en su ordenador y dio la vuelta a la pantalla para que pudiéramos ver la foto. Casi me caigo de espaldas cuando vi la imagen de aquel niño triste que me había llamado la atención en la base de datos. ¡¡Ese iba a ser mi hijo!!
Comenzó la lectura del informe social y las patologías más graves, que son los datos que tienen en el Ministerio. La verdad es que vas preparado para escuchar tales barbaridades que, aunque lo que te cuentan, analizado fríamente, puede ser muy crudo o difícil de asumir, a ti te suena lejano. Intentas seguir los consejos de la ECAI y de los médicos expertos en adopción que has consultado (en nuestro caso, el doctor Lirio, al que habíamos contratado para hacer la valoración pre-adoptiva), tomar nota de todo, pero los datos se hacen irrelevantes frente a esas ganas de ir a ver su carita, a conocer el lugar donde vive, a abrazarle por primera vez. Así que, en serio, si os dejan grabar la lectura de la información no perdáis la oportunidad. Hay muchos datos que luego, ya en el hotel o el apartamento, querréis volver a valorar.
Al acabar la lectura nos preguntaron si queríamos conocer al menor. ¡¡Pues claro que sí!! ¡¡Es lo que llevamos años esperando!!. Cuando nos vio mover la cabeza tan vehementes y llenos de emoción, la funcionaria no pudo menos que sonreír. Muestra de que la habíamos enternecido es que, mientras firmaba los papeles para que pudiéramos ir inmediatamente a hacer la visita a la casa cuna, nos dijo que podíamos, si queríamos, hacer una foto a la pantalla de su ordenador y así tener un recuerdo de la primera imagen que vimos de nuestro hijo.

Con el permiso en la mano, vuelta al coche y camino hacia la casa cuna número 2 de Novosibirsk. Pero esa parte me la reservo para el próximo post.

El comienzo de un sueño

Parece increíble pero hoy se cumple un año de esa llamada que aún muchos de los que estáis ahí estáis esperando. Esa que cambia tu vida para siempre. Esa que parece que no va a llegar nunca y que, cuando al fin llega, te deja sin respiración y llorando sin saber por qué. Porque de felicidad también se llora. Eso es algo que he aprendido gracias a mi hijo que, en muchas cosas, me ha hecho más sabia.

Ni tan siquiera me llamaron a mí de la
ECAI sino que fue mi marido el que me dio la noticia. Justo cuando ya parecía que no podíamos más, cuando llevábamos semanas de discusiones sin sentido entre nosotros debidas a la tensión acumulada, cuando te agotas de llevar el móvil pegado al pecho por si acaso no lo oyes sonar, exactamente 14 meses y 9 días después de nuestro registro en Novosibirsk.

Era la una menos cuarto del mediodía cuando sonó el teléfono. Iba conduciendo y, como quien prepara el terreno (imagino que para evitar que me diera un golpe del susto), me dijo: “He recibido una llamada”. Una llamita de esperanza se prendió en mi corazón pero, sin querer hacerme demasiadas ilusiones le pregunté “¿Quién?” y él me contestó “Nuria, de ANDAI”. Inmediatamente los ojos se me llenaron de lágrimas y he indagué, nerviosa, “¿Cuándo nos vamos?”. “El día 23, porque el 24 tenemos que estar en Novosibirsk”.

No podía parar de llorar y sin embargo tampoco era capaz de creerlo. Por fin, esa fecha tan soñada, apenas tres semanas para ver esa cara con la que tanto había soñado. Viajábamos sin saber el sexo, edad o la casa cuna donde se encontraba nuestro hijo. Pero eso daba igual.

Hoy que se cumple un año, vamos a reunirnos con la psicóloga de la ECAI para hacer el primer seguimiento de Sergio. Pero eso es otra historia y la contaremos en otra ocasión.

El objeto de este post es deciros, a los que aún estáis esperando, que todo llega. Que es verdad que cada segundo de ese peregrinar es eterno y que nadie puede aliviar ese sufrimiento que estar día tras días sin noticias. Pero un día el teléfono suena y... sí, es para vosotros, por fin. El comienzo de un sueño.

Comienzo en la guardería y pasos atrás

El lunes pasado fue el primer día de guardería para Sergio.

Dado que yo estoy en Paro –como otros casi cinco millones de españolitos de a pie- la idea inicial era no llevarle al cole hasta que no fuera obligatorio. Sin embargo, fue tal la insistencia de Sergio en que quería ir al cole con otros niños, tal su melancolía cuando los veía a través de las vallas del recreo, que cambiamos nuestros planes. Y así ha empezado a acudir unas horas por la mañana a la guardería.

Han pasado tres días y ahora mismo me planteo si ha sido o no una buena idea. Os juro que apenas reconozco a mi hijo. Esta permanentemente alterado, nervioso, no reconoce las normas que en casa ya tenía bien aprendidas y no reacciona ante el rincón de pensar (que tan buenos resultados nos había dado hasta ahora). Sin ir más lejos, esta misma mañana mientras desayunaba, ha tenido una rabieta monumental con gritos y puñetazos a mama. Algo que NUNCA, NUNCA antes había hecho.

Imagino que se trata de una alteración producida por el cambio de rutina aunque en otras ocasiones ha estado sometido a cambios aún más bruscos en las rutinas y jamás había reaccionado así.

Lo peor de todo es que no tengo ni idea de cómo enfrentarme a ella. Cuando llega a casa, intento que se tranquilice haciendo cosas calmadas y concentrándole en actividades cotidianas (restaurando la rutina) pero no hay forma.

En fin, que se aceptan comentarios y sugerencias de los que vais por delante en este complejo camino que es la maternidad/paternidad adoptiva. Ayuda, por favor, chic@s.

Mi primera noche de fiebre

El día tan temido ha llegado. Después de cuatro meses y medio sin un “ay” (ya creía yo que habíamos adoptado a Superman), hoy hemos pasado nuestra primera noche pendientes de las subidas y bajadas de la fiebre del enano.

La verdad es que nos hemos comportado como unos auténticos novatos. Da igual que hayas cuidado a cuatro sobrinos, como es mi caso. Un hijo es un hijo y te vuelves paranoico perdido. Encima, el médico te mira con cara de extrañeza porque, claro, este tipo de comportamientos son normales en padres de bebés pero… ¡¿con un niño de dos años?! Pues sí, señor, el niño tendrá dos años pero yo sólo tengo cuatro meses de experiencia como madre así que, lamentablemente, tendrá que sufrir mis paranoias de madre primeriza.

Pero lo que más me ha sorprendido es la forma de comportarse de Sergio. Ayer, mientras estaba hecho un ovillo en el sofá con sus buenos 38,8 de fiebre, me miraba y sonreía - casi sin fuerzas- cuando le acariciaba la carita. Tal y como si me dijera, gracias por estar ahí. Sin llorar, sin protestar, sin demandar nada, sólo con cara de felicidad y de agradecimiento por estar cogiéndole la mano o acariciándole mientras le bajaba la fiebre.

Cuando por fin se quedó dormido me dio por pensar en su actitud y en todas las veces que habrá estado solito, enfermo, en el hospital sin nadie a su lado. Creo que hoy ha sido la primera vez que le he visto notar la diferencia real entre tener o no tener unos padres. Porque da igual lo bien cuidado que estuviera en la casa cuna (que lo estaba mucho). Cuando tienes cinco, siete o diez niños que atender no puedes ofrecer el amor exclusivo e incondicional de unos padres.

Hoy he aprendido una gran lección que recordaré cada vez que me plantee si lo estoy haciendo mal o cuando se me pase por la cabeza pensar si no estaba mejor atendido con sus cuidadoras que conmigo. Ser padre a veces es simplemente estar ahí siempre.

Infinitas gracias a mis compañeros de viaje


Hoy quería aprovechar estas líneas para dar las gracias a MI familia adoptiva. Esos amigos (aunque ya son mucho más que eso) que he encontrado a lo largo de este duro trayecto hasta mi hijo y con los que, deseo fervientemente, seguir contando siempre.

Esos que han soportado mis lágrimas y mi desesperación; que han entendido mis momentos de silencio, cuando sólo hablar del tema rompía en pedazos mi corazón; que han aguantado horas y horas de teléfono siempre dando vueltas a las mismas cosas; que han compartido mi alegría; que han estado ahí siempre, siempre, sin fallar ni una vez.

Porque sólo los que están en el mismo proceso que nosotros son capaces de entender lo que sentimos, a veces sin necesidad siquiera de hablar porque ellos también lo han sentido o aún lo sienten en su propio corazón.

Una de las mejores cosas que me llevo de este proceso, además por supuesto de mi hijo que es la meta suprema de todo, son esas personas maravillosas. Compañeros de viaje sin los cuales quizás no hubiera sido posible acabar este extenuante camino. Seres humanos excepcionales capaces, no sólo de ofrecerte su ayuda, sino también de compartir sus propias dudas, penas ya alegrías para que sepas que no estás sólo, que no eres un bicho raro y que esos niños que tanto soñamos al final llegan a casa, después de más o menos tiempo, de más o menos trabas burocráticas, de más o menos obstáculos que saltar.

Quiero dar las gracias a todos los que han compartido conmigo las Kedadas madrileñas de adoptantes en Rusia; a mis compañeros de los foros de Adoptaenrusia y de Novosibirsk; a Lola, María Jesús y Chechu, por ser mis cicerones en esto de la adopción en Rusia; y, en especial, a mi queridísima “fitipandi” (Almu, Chus, Gonzalo, Jose, Jose Luís, Lucía, Mar y Pilar que serán para siempre los tíos adoptivos de mi Sergio).

A las que aún estáis en el camino os deseo lo mejor, que no puede ser otra cosa que la inmensa felicidad que sentimos los afortunados que ya tenemos a nuestros hijos en casa cada vez que los miramos.